Desde el comienzo de la presente década, el sindicalismo fue incorporando en la lista de sus prioridades toda la problemática ligada a la reconversión laboral y la articulación del mundo del trabajo, con sus nuevas realidades al sistema educativo, esperando encontrar en el mismo, respuestas para las crecientes necesidades de nuevos conocimientos que exigía y exige la nueva organización de la producción y los servicios.
Indudablemente nuestra educación no estaba preparada para afrontar este desafío, como no lo estaba ningún sector de nuestra sociedad. Todos debimos iniciar un complejo aprendizaje de urgencias inéditas, ya que de la celeridad y acierto de las respuestas que debimos y debemos articular depende, en gran medida, la construcción de una sociedad, que ofrezca posibilidades de integración para todos.
Como una primera respuesta numerosos sindicatos iniciamos o profundizamos nuestros compromisos educativos en general y con la Formación Profesional en particular. A lo largo y a lo ancho del país se fueron elaborando diferentes propuestas de Formación Profesional, que tendieron a dar respuesta inmediata a las necesidades de los trabajadores.
Al mismo tiempo nos involucramos fuertemente en la discusión teórica destinada a encontrar las fórmulas más eficaces en articular EducaciónTrabajo. Tanto en el Consejo Nacional de Educación y Trabajo, que funciona en el Ministerio de Cultura y Educación, como en el Sub. grupo 10, referido a la Formación Profesional, en el contexto de la integración regional del Mercosur, la Confederación General del Trabajo definió orgánicamente una fuerte participación en el convencimiento que en esos espacios de discusión no solo se encontraban en juego los intereses de los trabajadores y sus familias, sino también que, era imprescindible el aporte del movimiento obrero y su concepción sobre esta cuestión para encontrar las respuestas que la sociedad espera.
Hoy ha transcurrido casi una década desde que estos temas se abrieron paso dentro de las preocupaciones de funcionarios, intelectuales, docentes y representantes sectoriales; y el balance de lo actuado y pensado nos ofrece, a mi entender, algunas certezas, muchas incertidumbres y la aparición de nuevos problemas. Trataré de sintetizarlos:
Si esta es la tendencia que se desarrollará en el futuro se estará cometiendo, a nuestro entender, un grave error, no solo desde los intereses de los trabajadores, sino también contemplando las necesidades de la empresa misma.
Una de las claves del problema es la interpretación que se ha dado al concepto de flexibilidad. Se ha confundido flexibilidad con precarización, términos que, a mi parecer son absolutamente antagónicos. Por precarización entendemos trabajo desjerarquizado, con poca o nula calificación, con alta rotación de los trabajadores, que no asumen ningún compromiso con los intereses de la empresa, ya que la misma naturaleza del vinculo laboral preanuncia su futura e inevitable ruptura. Esta situación poco tiene que ver con un trabajador flexible. En realidad nos encontramos con un trabajador desprotegido, que ante lo precario de su situación es incapaz de desarrollar sus capacidades y establecer un vinculo de pertenencia laboral y social. En este contexto las tareas de capacitación asumidas por la empresa, el trabajador individualmente, el estado o su organización sindical adquieren una importancia más que relativa.
La nueva organización del trabajo requiere de relaciones laborales absolutamente diferentes.
Hablamos de una horizontalidad de las responsabilidades, de un nuevo tipo de gestión, donde los trabajadores deben enfrentar tareas que exceden el tradicional puesto laboral, para ubicar sus saberes en el contexto productivo, asumiendo trabajos grupales, que implican la toma de decisiones y la resolución de problemas. Difícilmente podremos identificar esas características del empleo con su precarización.
Aplicar un genuino principio de flexibilidad, por el contrario va a generar una verdadera competitividad en las empresas, si entendemos que, generalizada la tecnología, lo que las hará diferentes será su forma de organización y la calidad de sus trabajadores.
En el mismo sentido creemos que toma gran importancia en la nueva realidad, pensando en los grupos que han tenido una corta vida escolar, desarrollar un sistema modular que se inicie con el desarrollo sistemático de las competencias básicas, como un primer peldaño en un sistema de educación permanente
A pesar de estas consideraciones y de la singular importancia que estos temas adquieren en la agenda sindical no son las acciones de Formación Profesional, ni el sistema educativo en su conjunto los responsables de resolver el problema del desempleo, aunque la aplicación de propuestas adecuadas contribuirá a mejorar las condiciones de empleabilidad de los trabajadores.
Metodología y contenidos de la Formación Profesional |
Las consideraciones anteriores son para nosotros de particular interés, ya que le otorgan a esta temática su verdadera dimensión política. Quisiéramos agregar que desde esta óptica la Formación Profesional forma parte, por un lado, de las relaciones laborales y como tal debe ser incorporada en toda la legislación del trabajo en general y en las negociaciones de los convenios colectivos en particular, y por otro es integrante también del sistema educativo.
Desde esta ultima dimensión creemos que el mundo educativo puede aportar sustanciales elementos para jerarquizar y optimizar las acciones de capacitación. Entendemos que la Formación Profesional puede nutrir al sistema de nuevas formas complementarias de articulación con el mundo del trabajo.
Pero una tarea previa es, tal vez, definir en que forma y con qué contenidos deberíamos desarrollar nuestras acciones.
En lo referido a los contenidos pensamos que estos se pueden clasificar, por lo menos en cuatro grandes grupos:
IV. El desarrollo de la formación profesional ha sido siempre organizado como una rápida respuesta a necesidades inmediatas. Esa ha sido su característica distintiva y de ella deriva, en gran medida, su originalidad e importancia. Sabemos también que como una inevitable consecuencia, esto generó alguna improvisación en el diseño de las acciones, fundamentalmente cuando los cambios en el mundo del trabajo no son paulatinos o no siguen una evolución gradual. Al enfrentarnos a un salto tecnológico este es uno de los principales desafíos a vencer. Estas circunstancias se repetirán seguramente en el futuro, pero aun así es posible definir algunas estrategias para poder mejorar nuestra capacidad de respuesta.
Es fundamental que el Estado recupere su capacidad de planificar políticas nacionales de anticipación, a partir de conocer los posibles rumbos de nuestro crecimiento económico, no solo nacional, sino particularmente en lo referido a las economías regionales. Se puede argumentar que la creciente interdependencia de las economías en el mundo hace imposible o inútil este esfuerzo, dado que las recurrentes crisis financieras son casi imposibles de pronosticar, e indudablemente afectan la marcha de los procesos productivos. Esta es una verdad a medias. Las crisis financieras afectan especialmente a los sectores exportadores, que no representan en nuestra estructura de producción más del 10% del total. Es decir que el grueso del P.B.I se direcciona al mercado interno, cuyo comportamiento depende en gran medida de la forma de distribución de la riqueza entre los distintos grupos sociales.
Conociendo el posible rumbo de la economía, que sectores se potenciarán y cuales decrecerán, será posible definir, con alguna aproximación, cual será la demanda de mano de obra en el corto y mediano plazo y a partir de ello, establecer un programa de acción que dé respuestas adecuadas a esa demanda.
Este programa de trabajo deberá contemplar, a nuestro parecer los siguientes aspectos:
Decidir el uso de una determinada tecnología no puede circunscribirse solo a una consideración de eficiencia y competitividad. Junto a ellas se deberá evaluar cual serán sus consecuencias ambientales y particularmente en el mercado del trabajo. Si la tecnología es eficiente, pero provoca deterioro del medio ambiente o destruye puestos de trabajo sin generar una contrapartida similar o superior nos encontramos frente a una tecnología no conveniente y se debe desalentar su empleo.
Conclusión |
Por todas estas razones creemos que es de vital importancia para los próximos años la formulación de un plan nacional de educación permanente que contemple, la revalorización de la acción del Estado en la convocatoria a los sectores sociales, definiendo, junto a ellos políticas de alcance nacional, colaborando en los diagnósticos regionales, propiciando investigaciones de campo sobre las competencias laborales y la realidad socioeconómica, recuperando la capacidad de planificación y entendiendo que la naturaleza del problema que abordamos no puede ser resuelto ni en forma unilateral por alguno de los sectores sociales o áreas de gobierno involucradas, ni desde concepciones rígidas y esquemáticas como las tendientes a escolarizar el sistema o, como contrapartida las que suponen que cualquiera que se lo propone puede abordar acciones de capacitación sin tener en cuenta experiencia institucional, equipos técnicos y de conducción adecuados, instructores formados y actualizados y una propuesta definida desde algún mecanismo serio de aproximación a las necesidades sociales.
Prof. Roberto Serrao